Imagine usted mujer que va a pedir trabajo, en el ámbito de su competencia (médico, abogada, periodista, contadora, etc), va segura, con esa confianza que le da saber que es de las mejores.En la empresa o dependencia le comentan que hay, a parte de usted, cinco mujeres más aspirando al puesto. En sus exámenes médicos sale limpia de psicotrópicos, en la entrevista “rompe madres”, en la semana de práctica, también.
Es usted la mejor, sin embargo, sus contrincantes al cargo argumentan que es “diferente”, que no es como ellas, por eso resultó vencedora. Lo tachan de tramposa.
No conformes con difamarla, los dueños de la empresa apoyan la teoría y le obligan a que en el patio central, frente a cientos de ojos muestre su sexo. ¿Estaría dispuesta?
Para defender y ratificar que usted la mejor, debe “demostrar” que tiene dos pares de labios, un clítoris y una vulva. ¿Cómo se sentiría? ¿Enojada? ¿Impotente? ¿Decepcionada?
Independientemente del aspecto físico, cuando la estupidez rebasa a la razón, se dan violaciones a los derechos humanos como en el caso de la velocista sudafricana Caster Semenya.
Pd. Hay que saber perder. Y ser menos estúpidos.





















